El otro día (ese espacio temporal que pudo ser ayer o hace 4 meses) le escuche a alguien que sabe mucho y de muchas cosas que «al recordar no hacemos historia sino poesía».
Al oírlo empecé a asentir con la cabeza, porque al menos para mí esto es casi una certeza matemática.
Voy por la vida con la memoria justa, porque he descubierto que así soy más feliz. Y hay recuerdos que he contado tantas veces, que la narrativa se ha llenado de detalles, que a base de repetirlos ya no tengo claro si son ciertos o imaginados.
Mi memoria es una nebulosa, las imágenes suelen aparecen desenfocadas, como cuando me levanto de la cama por la mañana y todavía no he alcanzado a ponerme las gafas. Los lugares nunca son precisos, principalmente, porque cuando dios estaba repartiendo el sentido de la orientación se ve que yo me puse en la fila de las croquetas.
Eso sí, los olores en mi memoria tienen fuerza, casi vida propia. Me cuesta recordar la dirección de una casa, pero su olor… Para eso no necesito indicaciones. Tal solo con pensar en el sitio viene a mi nariz todos los aromas que asocio al lugar.
Lo mismo me pasa con los sentimientos. A lo mejor no recuerdo la cara de la persona que me hizo un desplante, pero recuerdo cómo me hizo sentir.
Creo que por eso soy capaz de recordar tan bien cualquier receta, aunque solo la probara una vez. Y en cambio me cueste mucho recordar a personas con las que traté mucho tiempo hace años.
En la cocina hay olores, sabores y sensaciones. Todo eso lo almaceno a la perfección. Es una habilidad muy poco útil, porque preferiría poder recordar fechas, direcciones y personas con mucha facilidad. ¡Eso sí que es válido! Pero no, yo solo recuerdo que el pimentón que le ponían al guiso no era dulce.
En vez de pelearme con mi memoria de pez, quiero aprovechar la parte buena y traer hoy parte de los olores de mis recuerdos.
Estas arvejas son mis raíces, al prepararlas me veo sentada en una silla de mimbre con un ovillo de lana en la mano. Le doy vueltas a la aguja y con cada movimiento se me mueve la coleta alta que tengo hecha, el pelo me lleva hasta la cintura y al levantar la vista la veo a ella removiendo el caldero con una cuchara de madera.

Si pongo al fuego relleno para tacos siempre me sale una sonrisa. Ese olor es el de las reuniones familiares, muchos gritos, risas escandalosas, bailes a destiempo, mil conversaciones a la vez y sol.

Al preparar estas barritas de pescado caseras al estilo del capitán pescanova, veo a mi pequeña con un moñito con tres pelos en lo alto de la cabeza, un babero que le llegaba a las rodillas de color azul, esperando en su sillita diminuta con los ojazos marrones bien abiertos y unos cachetes recordetes. Tiene esa cara seria con la que parece que está a mil años luz y pestañea muy lento, es la misma expresión que pone hoy en día cuando algo le interesa. Eso no ha cambiado.

Si veo estos paccheri rellenos de ricotta y espinacas ya me huele a fin de semana. Escucho la música muy alta, él entra a la cocina y me cuenta algo que le pasó el día anterior con mucho asombro y usando todos los detalles posibles para ilustrar su historia.

Y cada vez que hablo de natillas de dulce de leche veo a mi pequeño, todavía no sabía decir su nombre, pero el día que aprendía a hacer estas natillas él dijo con toda claridad «dulce de leche» jajaja. Supongo que será cuestión de prioridades, el muchacho vio necesario, todavía con su pañal puesto, el aprender a decir el nombre de ese manjar que logró probar al meter el dedito en la cuchara de su hermana.

Y así soy con todo. No recuerdo el año en el que me mudé a aquella casita cerca del campus ni cómo se llamaba la calle en la que vivimos antes de irnos allí. Pero te puedo decir sin dudar ni un segundo, el menú que preparé cuando vinieron nuestros amigos a inaugurar la casa y puedo describir el olor de los guisos que aprendió a preparar Javi cuando yo trabajaba de tarde.
Supongo que me pasa como a mi pequeño, lo mío es una cuestión de prioridades. Y solo puedo hacer recuerdos donde pongo la atención.