Era una niña árbol, ahí me dejabas, ahí me quedaba.
Y ya si añadías a la ecuación una hoja y un lápiz, te podías olvidar de mí durante mucho tiempo.
Yo me encargaba de distribuir el espacio del papel al máximo para hacer tantos dibujos como minutos para rellenar tuviera.
Me entretenía sola, era una estudiante de sobresaliente, no traía problemas a casa, tenía muy pocos berrinches, si tenía miedo no lo decía y nunca me quejé mucho cuando estaba malita. Y eso que tuve unas otitis tan bestiales que amenazaban con dejarme sorda.
La frase que más escuché para describirme era esa de “Es muy madura para su edad”.
En realidad tenían que haberme dicho “Carga con responsabilidades que no le corresponden para que la quieran y porque en el fondo no tiene mucha fe en que lo haga nadie más”. O esta otra “Es tan controladora que se hizo adulta a los cinco años para estar al cargo de la situación”.
Esas hubiesen sido más precisas, la verdad.
Luego crecí, tenía problemas para reconocer el miedo.
“No sabes reconocer las fases del miedo, para ti el bloqueo por pánico total es miedo. Pero hay muchas cosas antes de llegar a ese nivel de terror. No eres capaz de verlas”. Eso me dijo mi psicóloga hace muuuuuuuuchos años. Era una veinteañera con una crisis enorme de la media edad, sí con poco más de 20 años y una depresión importante, diagnosticada, con todas las letras.
Me había negado durante toda la infancia y adolescencia el derecho a sentir miedo y a pedir protección. Yo era Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Si tenía miedo, dolor, una preocupación enorme que se me hacía bola o una situación que me generaba ansiedad, sonreía por fuera, hacía lo que tocara hacer como si nada sucediera y ya por dentro me planteaba yo solita lo difícil que me parecía.
No me quejaba, ni un poquito. Eso no me lo permitía.
Me adaptaba a todo tipo de situaciones y me aseguraba de causar las mínimas molestias posibles. No quería ser un incordio, ya bastante tenía el resto del mundo. No era plan de añadir miserias.
Esta necesidad de complacer a los demás, esa autoexigencia tan alta, ese empeño en reprimir el enfado y evitar los conflictos son algunas de las características de algo que llaman los expertos “el síndrome de la niña buena”.
Terminé siendo una adulta que se sentía responsable del bienestar de los demás, bueno, responsable de todo en realidad. Para mí, que también fui culpable de la muerte de Manolete. Todo lo malo era culpa mía, siempre. No me lo decía nadie, me lo decía yo.
Se pueden imaginar que eso no tiene muy buen final ¿verdad? No hay que ser muy lista para saber que eso son los ingredientes básicos para ser una infeliz.
Hasta que un día lo vi, me di cuenta. Les juro que ahora me parece muy lógico, pero cuando estás dentro no veía nadita de nada. También tienen que tener en cuenta que soy miope.
Y me cuesta más que a la gente con buena vista.
En fin, lo vi. Y lo tuve claro.
¡Va a ser buena Rita la Cantadora! Y ya no hubo vuelta atrás.
Marqué unos límites tan claros, que ya nadie ha vuelto a pasar la frontera. Y si lo intentan, saben lo que va a pasar; se van a acordar de mí lo suficiente para no volver a hacerlo.
Fallar ahora me la trae al pairo, es más, me equivoco todo lo que puedo y más. Me divierte ver mis errores. Y me digo a mi misma lo que le repito a los gremlins cada vez que meten la pata “Estás aprendiendo. No pasa nada. Hazlo otra vez”.
Me dejo espacio para mí, mis necesidades, mi descanso y mi protección. Ya sé identificar el miedo, no el terror total que te paraliza, veo un miedito pequeñito que te deja un poco temblorosa y te acelera el corazón. Aunque para ser sincera, sigo siendo bastante temeraria porque la vida es para los valientes.
Así que, en resumen, esa esa la razón por la que soy mala, no es mi culpa, es que me han dibujado así. Jessica Rabbit lo tenía claro y yo también.
El único argumento que voy a tener para intentar entrar en el cielo, a pesar de mi maldad, es el compartir mi receta de la salsa mágica de tomate y lo que hacer con ella.

En realidad más que una salsa, es casi un pisto triturado. Pero es que queda tan deliciosa y sedosa, que siempre triunfa. La adoran hasta los plastas que afirman no comer verduras.
Te dejo por aquí algunas ideas para usarla siempre que puedas. Ya sabes que puedes hacer un caldero enorme y congelarla en botes. Te dará muchas alegrías.
Estas conchas enormes rellenas son una fantasía y con la salsa de base,aún más.

Unas clásicos espaguetis con albóndigas , la comida favorita de mi gremlin número 2.

Esas albóndigas de garbanzos no llevan nada de carne y no la echarás de menos.

Los buñuelos de verduras son perfectos para aprovechar las verduras empadronadas en la nevera.

Y la sencillez hecha plato Un huevo pega con todo o eso dice mi tía.

¡Vivan mucho,amen fuerte, coman rico y brinden por los que no están! ¡Aaah! ¡Y sean muy malas!