Soy bruja, un poco miedosa; pero bruja.

Si algo he tenido claro siempre es que soy una bruja, así sin más explicación y sin necesidad de que alguien  me confirmara mi capacidad para ejercer, siempre que puedo, el título. 

Bruja de nacimiento, así con todas las letras. Es algo que no permito que cuestionen, pero, claro, siempre he sido una bruja un poco falsa, porque me daban miedo los gatos. 

Mucho miedo, no digo de que me pusiera nerviosa o que no me gustara mucho acercarme a ellos. No, no es eso. Era pánico total y absoluto. Ya verlos de lejos me erizaba la piel, me hacía gritar como una gallina y huir al rincón más lejano. 

Me pasaba incluso con los gatitos recién nacidos o bebecitos, se supone que son adorables y que a todo el mundo le gustan. Yo me sentía Lucifer o el que le llevaba las servilletas a Lucifer, cada vez que veía una foto de gatitos y lo único que pensaba mi cabecita era en contener el grito que quería dar. Me tenía que conformar con gritar por dentro, gritaba muy fuerte y encogía los hombros para protegerme de aquel peligro imaginario que era una foto de tres gatitos grises con enormes ojos pardos. 

No podía hablarlo con la mayoría de la gente sobre esta fobia, porque me tenía que enfrentar constantemente al juicio ajeno y a que pensara que el peligro era yo y que era un ser monstruoso. Obviamente, yo no podía ser buena gente si no me gustaban los gatitos. Menos mal que soy una bruja y lo de ser buena gente me da un poco igual. 

Yo ahí seguía con mi miedo oculto. Pero, claro, fui madre. No quería que mis gremlins heredaran mis miedos, eran míos, no suyos. Ya bastante tienen con heredar las alergias y la piel atópica. No había necesidad de que también heredaran mi trauma con los gatos. Eso era solo mío. 

¿De dónde viene mi trauma con los gatos? 

Supongo que serás igual de chismosa que yo y la respuesta es sí, así que sigo. 

Tenía unos seis años e iba algunos fines de semana a casa de unos amigos de la familia en Ingenio, en el sureste de la Gran Canaria.

Era una casa algo destartalada y con un pequeño terreno con gallinero, un par de cabras, muchos conejos y un cerdo grande, muy grande. 

Aquello estaba lleno de gatos salvajes, ocupaban el terreno  a su antojo y hacían cosas de gatos. Todo normal.

Una de las gatas había dado a luz una camada hace muy pocos días y no dejaba que nadie se acercara a sus crías. Hasta que llegamos mi amiga y yo. La gata nos dejaba acariciar a sus bebés sin problema, supongo que sabía que nosotras también éramos un poco bebés. Los animales son increíbles. 

Al estar jugando con sus gatitos vimos que había uno apartado que se había cubierto de barro pringoso de pies a cabeza, no se le veía el pelo, estaba muy sucio. Así que lo cogí y fui directa al chorro que había cerca para llenar los cubos. Abrí a tope la llave y empezó a caer agua a buena presión y bien fría, metí al gato debajo de aquel chorro y escuché de inmediato un grito. 

Era la dueña de la casa avisándome que eso no se lo podía hacer al gato y que podía matarlo. 

Había dos cosas que no llevaba bien de pequeña, que me llamaran la atención y el que me acusaran de  posible asesina de gatitos. Solté al animal lo más pronto que pude y me aseguré de que seguía respirando. Los siguientes minutos tuve que escuchar una charla muy coherente y necesaria sobre cómo se cuidaba a un gato recién nacido y el respeto a la vida de los animales salvajes. 

No se lo dije a nadie, pero me pasé las siguientes semanas pensando que a lo mejor ese pobre gatito no había sobrevivido a mi sesión de spa. La imagen de esa cría desvalida me persiguió durante tanto tiempo que terminó siendo una fobia importante a esos pobres animales. 

A mí me gusta cuidar, me programaron para estar atenta a los sentimientos de los demás y a asegurarme de que estén limpios, sanos y bien alimentados. Ese es mi software y, claro, se me estropeó el sistema. 

Por suerte ya no tengo seis años y entiendo que mi software se puede reprogramar y puedo trabajar mis miedo irracionales para dejar de sufrir. Porque mi fobia me hacía sufrir mucho, muchísimo. 

Después decidí ir subiendo peldaño a peldaño mi propia escalera del miedo, y ya puedo decir que soy una bruja completa, tengo bola de cristal, un caldero que sé usar divinamente y un gato negro. 

¡Bienvenido a la familia! Te ha tocado una casa un poco loca, pero no te vas a aburrir, pequeñito. Este miniser de poco más de medio kilo llegó a nuestro hogar, después de que una buena samaritana lo recogiera tirado en la carretera temblando de miedo y abandonado a su suerte.

Te dejo por aquí cinco ideas en las que no vas a necesitar ser bruja para hacer magia. 

Shakshuka es más difícil escribir bien su nombre que preparar esta versión confinada de este plato de  Oriente Medio.Ni de lejos es la versión tradicional de este delicioso plato, pero vamos a darla por buena como remedio para darle salida a esas verduras sueltas que quedan en la nevera.

Te aconsejo que te animes a preparar tu propia versión, al fin y al cabo la cosa se centra en escalfar unos huevos en salsa de tomate con muchas verduras y condimentarla con especias.

La caponata es un plato típico italiano se suele tomar frío sobre pan tostado y es a base de berenjenas y tomate. Las berenjenas quedan con un sabor agridulce y a mí me resulta muy agradable.

Yo soy de las que defiende el pescado a la plancha, así sin más, para mí es  delicioso. Pero si necesitas animarlo un poco para no morir de aburrimiento,te dejo una idea sencilla,pero eficaz.

Esta idea es perfecta para aprovechar los restos de hojaldre y con un trozo de queso y un poco de tomate te queda un entrante estupendo o una cena para sorprender. 

Uno de mis queques favoritos y de los que menos hablo. Un bizcocho de ricotta muy esponjoso con trocitos de almendras laminadas. Suave, delicado y muy goloso.


¡Vivan mucho, amen fuerte, coman rico y brinden por los que no están!

Publicado por aroaaleman

Hablo mucho y casi siempre de comida. Gordapapa profesional.

Deja un comentario