Amantes, despedidas y sandía

Tuve muchos trabajos para poder pagarme la universidad, bueno, y para poder comer y vestirme en esa época. Pueden llamarme loca, pero también era importante para mí, y lo sigue siendo.

Uno de los puestos que tuve en ese momento de necesidad extrema, y que más anécdotas me ha dejado, fue el de informadora de AENA en el aeropuerto de mi islita. Sí, era de esas que llevan una chaqueta verde hierba y te contestan las dudas sobre tu vuelo o el hotel más cercano. Les recuerdo que tengo más años que un árbol y, en esa época, no había wifi en los espacios públicos. Recuerdo que había solo un par de ordenadores en los que, a base de meter monedas, dejaba a los pasajeros conectarse a ese internet que iba como yo un martes: lento, muy lento.

Hice el récord de turnos de noche porque no quería dejar mi segundo trabajo dando clases particulares. Lo del aeropuerto era solo una sustitución, y dejar a mis clientes particulares implicaba quedarse sin ingresos al finalizar el contrato.

Sentada en esa mesa de atención al cliente vi cosas que jamás imaginé: gente que decide vivir en el aeropuerto porque no puede permitirse pagar la factura de la calefacción en el invierno de Alemania, peleas, niños perdidos, un señor que afirmaba que lo que llevaba en una caja enorme de madera eran plátanos, a pesar de que se oían cacareos constantes y el sonido de aves agitando las plumas (se ve que eran unos plátanos rarísimos)… Y mil situaciones más que hacen las delicias de quienes quieren escuchar mis anécdotas cuando estamos en grupo.

Pero hay algo que no suelo contar y que me encantaba ver; las despedidas de los amantes y familiares.

Observaba, como si fuera una de esas pelis de domingo, cómo unos padres despedían a su única hija entre lágrimas y no paraban de darle consejos; a una abuela darle un sobre blanco lleno de fotos antiguas a su nieto mientras le decía algo al oído; unos hijos pequeños abrazados a su papá que partía sin ellos; una mami que simplemente miraba a su hija, ya adulta, como si fuera un bebé de meses y se abrazaba a ella con todas las fuerzas que tenía.

Siempre me quedaba un rato melancólica, como si la energía de esas despedidas se me hubiese pegado a través del aire y no pudiera desprenderme de ella… hasta que alguien se acercaba pegando gritos mientras afirmaba que había comprado billetes para La Palma y no sabía qué hacía en Las Palmas de Gran Canaria.

Pero lo de los amantes era otro rollo. ¡Qué historias! Se podría escribir un libro entero con lo que vi allí durante el corto tiempo que estuve contestando, en los pocos idiomas que sé, por qué no se puede llegar a Chipre caminando (sí, fue una pregunta real; sí, tuve que contestar a eso).

Era increíble ver desde lejos la manera que tenían las parejas de decirse adiós. Nunca sabíamos si la despedida era por dos días, dos meses, dos años o toda la vida. Eso lo hacía todo mucho más interesante. Si tienes la verdad, no tienes que inventar el final de nada, y eso hace que se pierda la diversión.

Mi compañera, que era morena, guapa y muy lista, me vio un día mirando la despedida de dos personas de unos treinta años. Él la abrazaba rodeando la cintura y ella no paraba de acariciar su brazo; no hablaban. Se miraban y se sonreían, sin decir ni una palabra. No sé el tiempo que estuvieron así, pero fue el suficiente para llamar nuestra atención. Dejó de teclear en el ordenador y me dijo:

—Esos dos sí que van a sobrevivir a la distancia.

Lo lanzó como si fuera una sentencia basada en hechos probados y sin posibilidad de fallo.

Era mayor que yo y llevaba mucho tiempo trabajando allí, pensé que tendría una teoría y argumentos, así que le pregunté la lógica de su razonamiento a esa mujer tan experimentada (ahora me doy cuenta de que era jovencísima; tendría unos treinta años, pero como yo apenas pasaba de veinte, creía que ya era toda una figura de autoridad).

Me dijo, muy seria, que ella había tenido varias relaciones a distancia y que tenía claro que las parejas que se despiden con una pasión desmedida, con besos interminables y con muchos llantos… no duran.

En cambio, las que protagonizan despedidas más calmadas, cariñosas y discretas, duran.

Pensaba que, cuando te despides de una manera tan dramática, es porque en el fondo tienes claro que estás diciéndole adiós a esa relación; porque el amor no es tan fuerte como para sobrevivir a la distancia.

Las que saben que aman tan fuerte que no hay kilómetros que puedan separarlos se toman ese proceso como un escalón más: saben que, en algún momento, volverán a estar juntos porque no quieren estar el uno sin el otro.

Estuve pensando muchos días sobre esa teoría e hice una encuesta de opinión entre todos los compañeros. Les recuerdo que el aeropuerto está abierto 24 horas y hay que cubrir tres turnos, por lo que había mucha gente a la que preguntar. Escuché con atención cada testimonio y sus argumentos; conocí muchos relatos, algunos bellísimos y otros tremendamente superficiales. Todos me parecieron dignos de ser estudiados. Me gusta escuchar a la gente hablar sobre el amor, la idealización, la dependencia emocional, los apegos, los miedos, las frustraciones y la lucha. Vamos, de la vida misma.

Además, fue inevitable prestarle toda mi atención a cada pareja que pasaba por allí a decirse adiós o hasta pronto. No hubo vuelta atrás: empecé a analizar su lenguaje corporal y la reacción de la persona que se queda una vez desaparece de su vista el ser querido.

Tengo claro el recuerdo de una pareja muy joven, una chica y un chico. Se iba la chica; él le quitaba el mechón de pelo que le caía sobre la mejilla casi de manera compulsiva, y ella no le soltaba la otra mano. A la hora de tener que pasar el control, él le agarró la cara con las manos, le dio un beso y se quedó con la frente apoyada en la suya un rato largo. Ella le hablaba de manera calmada; él no decía ni mu, pero tampoco la soltaba.

Se siguieron con la mirada hasta que ya no hubo nada que ver. El muchacho se dio la media vuelta, se sentó en el primer banco que encontró y se dejó caer como si le fallaran las rodillas. Ahí estuvo, mirando al infinito, inclinado hacia adelante sin hacer nada. Se le cayeron un par de lágrimas y se apuró en limpiarlas. Cuando pilló fuerzas, se levantó y salió andando rápido, limpiándose la nariz.

La compi estaba a mi lado, de pie junto al teléfono, mirando la escena mientras confirmaba un número de vuelo. Colgó el aparato, me tocó el hombro y me dijo:

—¿Lo ves? Esos dos sí que van a durar.

No tengo yo la fórmula mágica para saber cuánto va a durar una relación o si es o no amor auténtico, lo único que puedo ofrecer son ideas fresquitas para ayudarte a llevar el verano un poco mejor, aunque te toque despedirte de tu amor en un aeropuerto. 

Si te apetece hacer algo de pescado te propongo estas brochetas de tacos de corvina, gambas, pimientos y cebolla. Solo tienes que dorarlas en la sartén y si las acompañas de este mojo verde con las tres hierbas se vuelven un plato de lujo.

Estos pimientos son de esos que se venden fácilmente, son buenos, bonitos y baratos.

Una ensaladilla de batata es perfecta para estos calores, si quieres hacerte la gourmet añade  unas gamba o langostinos al ajillo por encima y a triunfar. 

Me refresco solo con ver esta foto del zumo de sandía y limón. 

¡Vivan mucho, amen fuerte, coman rico y brinden por los que no están!

Publicado por aroaaleman

Hablo mucho y casi siempre de comida. Gordapapa profesional.

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