Obligaciones, sencillez y batata

La comida sencilla, que para complicada ya está la vida.

Mira que nos gusta complicarnos. Nos encanta imponernos tareas y agobiarnos con el nivel de productividad que nosotras mismas nos hemos marcado y que, ¡chorprecha!, no le importa a nadie.

El número de veces que usamos al día la perífrasis de obligación «tener que + infinitivo» es una prueba clara de ello.

Tengo que terminar esas tareas, tengo que hacer más lavadoras, tengo que ir a visitar a mi tía…

Una vez alguien a quien quiero mucho me hizo unas preguntas geniales: «¿Qué harías si nadie viera lo que haces? ¿Cómo te definirías a ti misma si no estuvieran cerca tus profes, tu familia, la sociedad?»

Lo primero que salió de mi boca fue que a mí siempre me ha importado poco eso de cómo me ven los demás. Me hice la chulita e insistí en que me la traían al pairo las expectativas o impresionar a nadie. Y esta persona asintió y me dijo: «¿Seguro?».

Hablaba mi ego, que le encanta tomar la palabra. Resulta que sí quería impresionar a alguien, que sí quería acabar el día con un listado inmenso de tareas tachadas con mi boli verde, que indica que ya terminé ese asunto tan importante que me había impuesto a mí misma.

Medía mi valía según mi productividad. Por lo visto, “ser” no era suficiente para mí.
Normal: es lo que nos imponen 24 horas al día en esta sociedad en la que hacer, hacer y hacer es la prioridad absoluta.

Si no te viera nadie ni pudieras contarle a nadie lo que has hecho, ¿qué harías?

La primera imagen que me vino a la cabeza en aquel momento fue clara: estaba yo en un parque con césped y un libro en la mano.
Después vinieron mil instantáneas más, como si fueran Polaroids en mi cabecita, pero lo primero, primerísimo, fue ese momento: césped, sombra, libro, el bullicio alrededor y yo.

Cada vez que me escucho decir en menos de diez minutos tres perífrasis de obligación —“tengo que volver pronto a casa, me quedan lavadoras por hacer”; “tengo que terminar todos los recados antes de las cinco”; “tengo que reorganizar la estantería del baño”; “tengo que poner al día las publicaciones”— me paro, reviso mis tareas, me doy cuenta de que el 90 % son autoimpuestas y que prácticamente todas pueden esperar o dividirse en partes más pequeñas y más sencillas de realizar. Respiro y recuerdo la conversación de aquel día. Vuelvo a verme en el parque, leyendo un libro.

Y me vienen a la cabeza las palabras de esta persona, que es una de las mentoras de mi vida: «Aquí lo único que importa es el amor que das y el que recibes».
Si te dedicas a quitar de en medio todas las capas de lo que ocurre con tu cuerpo, el dinero que has ganado, las obligaciones familiares o lo que has conseguido, queda la esencia. Lo que somos en realidad.

¡Anda que no duele ni nada cuando te das cuenta! Encima tienes que abrazar todas tus oscuridades, porque claro, yo quería ser un hada del bosque llena de luz y bondad. Pero más bien soy un goblin protestón y llorica.
Es menos bonito, pero más real y cómodo.

Así es más sencillo querer mucho: mirándome al espejo, sabiendo que soy más goblin que hada e intentando simplificarme la vida siempre que puedo.

Y con esta filosofía preparo los menús semanales en mi hogar, pensando qué me hace la vida más fácil, más rica y que pueda hacer con amor.

La comida sencilla, que para complicada ya está la vida, como lema.

Este salmón lo he hecho tantas veces que ya es un clásico en mi hogar. No requiere esfuerzos, no mancha casi nada, es tan sabroso que parece un plato de restaurante y se prepara rapidísimo.

Tener en la nevera una lámina de hojaldre siempre me simplifica la vida. Le pongo por encima un poco de queso, las verduras que queden en la nevera cortadas muy pequeñitas, lo meto al horno hasta que esté dorado y, al salir, le pongo un poco de orégano… y cena lista.
Si quieres impresionar e impresionarte, apúntate estos mini Lahmacun que tienen cero complicaciones y un diez en sabor.

En esta receta usé pavo, pero el pollo queda genial y la tendrás lista antes de que se acabe el último capítulo de tu serie favorita.

La pasta con salsa de calabaza se hace con tres ingredientes y vas a terminar lamiendo el plato.

En mi hogar estamos obsesionados con la batata, de ahí que veas mil recetas en esta humilde web cuando escribes «batata» en el buscador. No me escondo.
Apúntate la idea porque va a facilitar mucho tu semana.

¿Has hecho alguna vez tarta de calabaza? Esta receta es la clásica, la de Martha Stewart adaptada para que sea lo más fácil posible. Es ver la foto y me llega el olor.

¡Vivan mucho, amen fuerte, coman rico y brinden por los que no están!

Publicado por aroaaleman

Hablo mucho y casi siempre de comida. Gordapapa profesional.

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