Mary dice que teníamos diez u once años; la tendré que creer, porque yo no recuerdo nunca nada. Por eso soy feliz: guardo lo justo en la memoria.
La convencí, a esa tierna edad, de que era una idea estupenda reunir a nuestras dos familias para prepararles canelones caseros.
Significaba cocinar para nueve personas como mínimo, y hasta la salsa de tomate la hicimos nosotras. La bechamel también, y hubo entrantes y todo.
A los catorce años me especialicé en recetas que se hicieran en veinte minutos y sin saber lo que había para usar antes de llegar a casa.
Era el tiempo que tenía desde que salía del instituto hasta que venía mi hermana pequeña del cole; su micro la dejaba cerca del portal de casa.
Era como una prueba de MasterChef, porque nunca sabía qué proteínas habían descongelado mis padres del congelador ni las verduras exactas que quedaban en la nevera. No me estresaba mucho, la verdad: me divertía bastante esa prueba diaria de agilidad mental.

Siempre fui igual. Me fascinaba jugar a las cocinitas, hacer tartas con barro y piedras, o preparar potajes con los restos de verduras que los mayores iban a tirar. En mi caldero de juguete mezclaba agua del grifo y removía sobre el fogón de mi cocina de mentira, que siempre marcaba en rojo el encendido, aunque ahí no se calentara nada.
Cortar, pelar, oler, controlar los tiempos, las cantidades, pesar, picar y probar son actos de meditación profunda.
Entendí pronto que mi mente tenía energía para tres como yo, y que esas acciones la calmaban; silenciaban esos pensamientos rumiantes que me daban vueltas en un centrifugado sin fin. En medio de la elaboración de un estofado aparecía, como por arte de magia —casi como un susurro de otro mundo—, la solución a ese problema que me atormentaba.
La cocina es un ritual. Por eso insisto, en mis talleres, en que todas remuevan el caldero con lo que estamos elaborando: así se queda nuestra energía en la comida.
Me hace feliz levantar la cabeza, en medio del caos que parece reinar, ver a diez o doce personas elaborando distintos platos a la vez y darme cuenta de que son una máquina bien engrasada, que todo va según los tiempos.

Soy consciente de que en cada taller gastronómico que imparto las dinámicas son distintas porque las personas que asisten también lo son (aunque tengo a muchas repetidoras). Siempre aprovecho un hueco para hacerlas hablar: me gusta escucharlas, observar cómo cogen el cuchillo, si se asustan al ver una manga pastelera o cómo, al principio, si son tímidas, se quedan con los brazos cruzados a modo de protección mientras escuchan.
Sé que la cosa va bien cuando ponen sus brazos en forma de jarras en las caderas y se inclinan ligeramente hacia adelante para oler la elaboración. Ya ahí se relajaron. Ya todo va a fluir.

Alguien me preguntó qué necesidad tengo yo de montar estos tinglados de los talleres si tengo una profesión seria, en la que se me respeta, la gente quiere trabajar conmigo y que no tiene nada que ver con la cocina. La respuesta es sencilla: me divierto muchísimo.
No hay más.
No me implica ningún sufrimiento ni esfuerzo; pura diversión.Y de eso va el asunto este de vivir, de buscar la diversión a toda costa.
Y recibo unas respuestas muy amorosas al terminarlos. Me da mucha vergüenza compartir algunas, pero lo pienso hacer igual.
Testimonio 1

Testimonio 2

Testimonio 3

Así que vengo a dar las gracias y a recordarte que, si tú también quieres formar parte de una experiencia así, me quedan algunas plazas para los dos últimos talleres del año.

Estoy deseando que llegue la segunda edición de “Desayunos de Hotel en el Hogar”, porque me muero de ganas de enseñarles cómo hago la crema de avellanas y chocolate para la tosta canaria, la muhammara deliciosa a mi estilo, que será parte de la tosta vegetal, o ver sus caras al probar los limoncitos.
¡Ah! Se me olvidaba: por fin voy a hacer en directo las tortitas de jamón serrano y queso canario de mi ebook.
Ya quedan muy pocas plazas, así que, si te lo estás pensando, ¡date prisa!

Y el de Navidad va a ser una tremenda fantasía.
Pienso llenar la mesa de canapés —sí, esos que se hicieron tan virales el año pasado—, además de preparar el cerdo glaseado de mi hogar y unas trufas de chocolate di-vi-nas.
Será la manera perfecta de terminar el año.
Gracias por seguirme el rollo y venir a jugar conmigo.
Si estás interesado en algún taller o conoces a alguien que quiera asistir, puedes escribirme por privado en Instagram @aroa_aleman o un email a soyaaroaaleman@gmail.com y te indico cómo reservar la plaza