Tenía 20 años, una familia que me quería, estudiaba una carrera que me iba más o menos bien, muchos amigos y amigas que me apreciaban, salud física, un novio que me adoraba y me lo demostraba a diario, y un día todo se paró.
Sonó el despertador, tenía que ir a un examen de Lengua A II, no había dormido casi en una semana, me había pasado la noche angustiada con pensamientos recurrentes y estaba agotada.
Apagué el despertador, intenté levantarme y no pude. Sabía que si movía una pierna, la otra la seguiría, pero no pude.
Empecé a llorar y a llorar y a llorar.
No pude parar de llorar en todo el día.
Aquel día salió a la luz oficialmente la depresión que se estaba cocinando en silencio en mi cabeza, en mi corazón y en mi espíritu.
Todos los sentimientos que había intentado ignorar o ahogar en actividades lindas explotaron en mi cara.
Se apagó la luz. Así, de repente. Ya no podía sentir alegría. Oscuridad total y absoluta.
Buscando respuestas vi, en una biblioteca, al lado de un diccionario etimológico, un libro que obviamente estaba mal ubicado. Era muy delgado y pequeño. No tenía sentido que estuviera allí con los diccionarios gordochos.
Lo saqué para colocarlo, porque una estaría deprimida, pero seguía siendo maniática. Leí el título: “La noche oscura del alma”.
No tenía NADA que ver con la famosa obra de San Juan de la Cruz. Era un libro de autoayuda, de dudosa calidad, de un norteamericano que pilló una depresión horrorosa y estuvo saltando de terapia en terapia, de centros de cuidados mentales a retiros con gurús, buscando respuestas para todo el sufrimiento de su cabeza.
Apunté el término en una de mis librescas: “La noche oscura del alma”. Fui consciente, en aquel momento, de que no iba a ser fácil salir de allí. Sentí alivio al ver descrito, en la primera página de ese libro tan horrorosamente escrito, lo que yo sentía.
Incapacidad de amar, me habían robado mi chispa, mis ganas de cuidar a los demás. No le encontraba sentido a la existencia. Y encima me sentía culpable, porque ¿qué problema tenía yo?
«En los países que sufren pobreza extrema no existe la depresión». Esa fue la frase que me sentenció una profe de la universidad cuando me acerqué a justificar mi ausencia en sus clases.
Me paralizó oír aquello y solo contesté que lo sentía mucho. Ya sabía yo que no estaba luchando por sobrevivir a circunstancias extremas, y que no merecía que me miraran con pena ni nada parecido. Pero no era algo que yo pudiera controlar.
No tenía fuerzas; la tristeza, la desesperación y la ansiedad se habían apoderado de mí.
De camino a casa solo podía pensar en cómo sabía esa señora llena de privilegios que en los países de pobreza extrema no había depresión. ¿Qué estudios afirmaban esto? ¿Quién había tomado los datos?
Tener depresión también era un privilegio.
Te la tenías que poder permitir; si no, pues tocaba sobrevivir y punto.
Me tocó seguir llorando mucho, aislarme de todos y de todo, mirar cara a cara el dolor que había enterrado, sentir pena por mí, volverme una quejica, volver a llorar, sentir rabia, una seca que dolía, acabar agotada y pensando que eso era para siempre. Sentir que lo perdía todo.
Y un día, igual que todo se apagó, lo noté. Fue como oír la chispa de un mechero dentro de mí.
Era una chispa muy pequeña y se apagaba en cuanto venía el primer aire, pero había escuchado un chasquido.
Ya está.
Me voy a curar.
Lo supe. Igual que supe que todo se había ido al carajo ese día que no pude levantarme de la cama.
Yo tenía un “sí” gigante gritándome en el pecho, uno claro y firme. Eso bastaba, por ahora.
Me dediqué los siguientes meses a seguir cualquier camino que hiciera que esa chispita se encendiese, se avivase o al menos estuviera más calentita. Pasito a pasito.
Me caí otra vez. La chispa se me mojó y tuve que esperar a que se secara para que volviera a encender.
Pero seguí caminando.
Y ahora lo único que quiero es seguir ahí, en ese camino.
Buscando lo que me haga brillar los ojos, aunque sea a ratitos.
La chispa no se alimenta sola y tú tampoco.
Así que te dejo 5 ideas por si necesitas inspiración para nutrirte.
El estofado con sabor a hogar, el que más veces he preparado, la receta que más veces he compartido.

La crema dorado que se puso tan de moda y que se ha quedado empadronada en mi hogar.

Mira que tengo recetas con gambas y esta versión rápida de gambas al curry siempre está entre mis favoritas.

Los huevos en el purgatorio es una de mis platos recurrentes cuando estoy liada. Se hacen sobre la marcha, siempre tengo los ingredientes en casa y es una delicia.

No seré yo quien los deje sin postre. Estos vasitos de crema de pistachos y mermelada de mango quedan lindos, ricos y son geniales para regalar o llevar de detalle a alguna cena.

¡Vivan mucho, amen fuerte, coman rico u brinden por los que no están!