Cuando era adolescente, en El Corte Inglés vi cómo vendían canapés al peso.
Observaba esas tartaletas pequeñitas, que se zampaban de un bocado, fascinada.
Todas en fila, en perfecto orden, como soldados bien entrenados. Cada una con sus colores, se me antojaban con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento.
Pero al mirar el precio… se nos quitaron las ganas.
Era inviable comprar para toda la familia: somos muchos, y habría sido un gasto descomunal si quería que todos alcanzaran a una o dos tartaletas.
Aun así, fue inevitable quedarme con la idea rondándome la cabeza: bandejas y bandejas de canapés para la celebración familiar.
Me moría de ganas de llenar la mesa de comida diminuta y llena de colorinchis.
Y entonces ocurrió. Entramos al supermercado de siempre y vimos una caja grande con esas tartaletas listas para rellenar. Lo vi clarísimo: los prepararía yo.
Creo que tenía 17 años, pero volví loca a mis padres para que las compraran. Hice incluso los cálculos de cuánto saldría preparar cinco tipos distintos, para que todos pudieran comer y repetir varias veces cada sabor.
Y ahí estaba yo, rellenando tartaletas como loca el día 24 después del almuerzo. Fui tan feliz.
Al llevarlas a la cena, observé las reacciones de todos al probarlas y entendí enseguida cuáles eran los sabores favoritos. Fueron los que repetí al año siguiente. Los otros los omití y preparé nuevas variantes. Y así cada año, uno tras otro.
Con el tiempo, volví a ver en El Corte Inglés aquellos canapés que tanto me habían inspirado. Compré una bandeja pequeña y variada. Llegué a casa con una ilusión enorme por probarlos y, al pegar el primer bocado… ¡Puuuuuaaag!
La base estaba reblandecida, húmeda, sin nada de crujiente.
Me decepcioné, claro. Pero tenía sentido: esos canapés llevaban tiempo hechos y conservados en nevera, y los míos, los de casa, estaban fresquitos.
Por pura logística, es imposible que una gran superficie pueda ofrecerlos recién hechos.
Siempre me obsesionaron los aperitivos y, cada vez que iba a un cóctel o evento con canapés, apuntaba en mi libreta de recetas los sabores que probaba, con un dibujito al lado para recordar su aspecto.
🎶 ¡Noooooo, no es amooooor! Lo que tú sientes, se llama obsesión 🎶
Creo que esto ilustra bien mi amor por la comida chiquitita, ¿verdad?
Les dejo una recopilación de canapés y volovanes viejunos, de esos que no fallan, porque los clásicos son clásicos por algo.

Los canapés de gambas con salsa rosa de la de verdad son siempre los primeros que se terminan ¿casualidad? No lo creo.
Los de sofrito con pimentón de la Vera y atún siempre me sabe a empanada gallega y eso es todo lo que está bien en la vida.

Los de jamón y queso se supone que los hice para los niños, pero siempre se los zampan los adultos.

Estos los aprendí en un curso de cocina en miniatura que hice hace mil años y llevan queso crema, manzana, frutos secos y dátiles. En el curso también le ponían vino dulce, no puedo juzgarlos.

Los de pimientos caramelizados siempre son un triunfo, porque son pura golosina. Tener un bote de estos pimientos en la nevera es muy peligroso.

Esto voulavents fueron los más vistos en mi perfil el año pasado ¡manda narices! Esto es más viejo que el hilo negro.

Y los de champiñones y jamón serrano me chiflan calentitos, es más cenaría solo eso.

¡Amen fuerte,vivan mucho, coman rico y brinden por los que no están!
*Hazme el favor de compartir esta preciosidad de recopilación con aquellas personas que sepas que son tan gordapapas como tú. Es la manera de que tiene este proyecto de crecer: ustedes lo hacen posible. Gracias.