Me preguntó Tomás si tenía síndrome del impostor y mi respuesta fue inmediata: «No, yo ya decidí que me lo creo TODO».
Después pensé que cualquiera que estuviera sintonizando la radio justo en ese momento lo tenía que estar flipando, pensando que era yo como la canción la Vikina, altanera, preciosa y orgullosa.
Pero es que es la verdad ¡PASO!, así, en mayúsculas y con todas las letras, de sentirme pequeña.
Soy enorme con mi 1,59 (hasta hace poco pensaba que medía 1,57, así que estoy feliz por ser más alta).
Y listo, ya no hay más: doy todo lo que sé hacer en cada ocasión, tengo experiencia y me preocupo por formarme constantemente, me paso la vida leyendo y escuchando a todas las personas que saben más que yo y le pongo mi energía, que es única, a cada una de mis acciones.
Una jefaza soy.
No por mis aciertos. ¡Qué va! Soy una jefaza por mi manera de cometer errores. Me equivoco genial, porque ya no cojo el látigo y digo lo mala que soy. Ahora apunto el error, veo cómo podría modificarlo y sigo mi vida.
¿Síndrome del impostor yo? Impostores son todos los políticos, y ahí están, creyéndose necesarios.
Ahora me toca aprender a ocupar espacios. Pienso lograrlo, porque sé que puedo aportar cosas lindas.
No tengo tiempo para el síndrome de la impostora, estoy ocupada creando belleza.La primera y más importante manera de hacerlo es construir un hogar, y el hogar siempre empieza en la cocina.
Así que a abrir la nevera esta semana y a disfrutar alimentando el cuerpo y el alma.
Hoy la cosa va de bocatas y sándwiches, porque ha sido un tema recurrente esta semana en mi mundo.
Este bocata es un intento de copia del bocata de cerdo con soja y miel y alioli de cilantro del Anteo Gastrobar. Dieron el visto bueno todos los seres humanos que lo probaron, así que podemos decir que ya es un clásico en el hogar.

Bocata de setas, queso rulo y chalotas ya si van dentro de un pan brioche es puro vicio.

4 ideas para rellenar pan, no me hagan elegir una favorita, porque tengo amor para todas.

Estos pobres sándwiches siguen sin nombre, pero les prometo que vale la pena bautizarlos por el sabor. Siempre vuelan cuando los pongo en la mesa.

Y este sí que tiene nombre, el sándwich de la felicidad le puse. Creo que no exagero ni un pizquito.

¡Vivan mucho, amen fuerte, coman rico y brinden por los que no están!