¿Sabes esos momentos en los que todo te queda grande?
¡Ojalá me refiriera a la ropa! Pero no, ya sabes, cuando vienen todos los problemas juntos y casi no te dejan especio para respirar.
Ahí toca simplificar. No sé la manía que tiene la vida en hacer que caiga el chaparrón de golpe, si los problemas pueden venir de uno en uno y tranquilitos.Pues no, todos juntos.
Empapada acaba una.
Antes me mortificaban muchos esas etapas, porque yo quería seguir con mi ritmo de productividad normal, mientras mi mundo se derrumbaba. ¡Así de tonta era! Pero ya entendí que si toca ese momento hay que ponerse en modo supervivencia y ya.
Hacer lo mínimo es más que suficiente. Y dentro de ese estándar entra lo de alimentarse. Así que pillo el menú semanal y lo simplifico al máximo.
Bastante trabajo me va a dar la vida ya como para ponerme yo a inventar en la cocina. Naaaaa. Cerramos fogones y ponemos el cartelito de servicios mínimos, porque en épocas de supervivencia cuidar de mi energía sí que es una prioridad.

Y la comida sencilla, fresca y poco trabajosa me da vitalidad, me centra y me ayuda a sentir que puedo con las tormentas. Bueno, la mayoría de las veces no es el resultado que tengo y termino arrasada y tirada por los suelos, pero yo lo intento. Siempre me levanto y busco refugio, una y otra vez.
Pues todo este rollo que les he soltado es para enseñarles este plato, que de cocina tiene poco, muy poco. Pero que ilustra muy bien lo que implica comer rico en tiempos revueltos.
Tomate frito, esta salsa mágica de tomate es la favorita es mi hogar y siempre tengo un bote en el congelador. Pero no te sientas ni medio culpable por pillar una de bote. Huevo y rodajas de calabacín a la plancha, hechas a la vez en la misma sartén, un pimiento del piquillo que andaba desorientado en la nevera, unas rodajas muy finas de lomo embuchado y una rebanada de pan del bueno para mojar. Porque si pueden, mojen. Y listo.
A mi me hablas de simplicidad y te pongo toda mi atención, pero si ya me dices de mojar… I’m all yours!!!
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