Exigencias y queques

Estoy intenta bajar el nivel de exigencia que tengo conmigo misma.

Un año llevo ya trabajando el asunto y les voy a contar mis conclusiones.

1° Me ha costado muchos meses darme cuenta de que la lista de tareas que me pongo semanalmente, solo sería capaz de cumplirla si tuviera la mitad de los poderes de cualquiera de los súper héroes de Marvel (me pido el Doctor Stranger. Tiene vocabulario, mala leche, una biblioteca genial, puede viajar con solo mover las manos y lleva capa).

2° He conseguido parar ya el impulso de decirme al final del día todo lo que me faltó por hacer en vez de felicitarme por lo que hice. Ahora me digo a mi misma: «Mi misma ¡Ole! ¡Mira lo que has hecho hoy!». Y este gesto que parece una tontada me ha ayudado a reducir mucho el estrés. Porque todo el tiempo que le dedicaba en mi cabecita a la carga mental de repasar las tareas pendiente se ha esfumado. Y claro, airear pensamientos siempre viene bien. Porque si algo tengo claro es que lo que no se airea huele a ácaro viejo.

3° Hago las cosas solo para impresionarme a mí. La mayoría de las tareas que hago no se las cuento a nadie. Y solo me vale mi evaluación para decidir si algo tiene o no la calidad necesaria. Eso está bien, porque no dependo mucho de juicios ajenos (una se alegra cuando le alaban el currele, pero no es mi motivación principal ni de lejos). Peeeero cuando eres tu crítica más dura hay que revisar los términos y condiciones que tienes ese contrato contigo misma. Y en ello estoy.

4° Me da miedo cometer errores. Mucho, me paraliza ver un error. Ser consciente de ello me ha servido para mirarlos a la cara y decir eso de «¡Pues nada! Un error, no importa. Estoy aprendiendo». Es un mantra estupendo y es lo que les digo a mis gremlins cada vez que se equivocan.

5° Me faltaba agendar descansos y cumplirlos. ¡Toma ahí! No solo escribo muchas menos cosas en la agenda, es que entre las cosas que escribo siempre hay un ratito para descansar. No en plan para estar tirada en el sofá, que también. Hablo de tiempo para hacer ejercicio, pasear, quedarme mirando a la nada o pasar la tarde con el móvil en silencio.

Ahora me escucho mucho mejor, antes tenía sordera selectiva. A los demás los oía alto y claro, pero a mí con interferencias.

Así que si tengo tareas que hacer, pero el cuerpo me dijo hasta aquí hoy, paro.

¡Qué revoucionario! Parar.

En seco, con el freno, a fondo. Y saben que pasa… Nada, no pasa nada. El mundo no se para ni la gente desaparece. Las tareas se esperan y listo.

Ni medio gramo de culpa, me estoy recargando, porque mi batería está vacía y el tiempo de carga es tiempo efectivo. Muy efectivo.

Parte de mi idea de «descanso activo», esto es un oxímoron total es la de poner música y ponerme a hornear.

A lo mejor para ustedes eso es más un suplicio que un oasis. Pero es que es ponerme a sacar ingredientes, rallar limones y preparar la levadura y ya no puedo pensar en nada más. Ni meditación trascendental ni nada ¡Ya quisiera el Dalai Lama ese estado zen! No existe el mundo, solo esa masa que por pura magia de la química se convertirá en un par de meneos en un bizcocho esponjoso.

Me puede, me supera, me da la vida misma. Eso es así.

Y por si ustedes quieren probar MI meditación trascendental les dejo aquí tres ideas maravillosas, que te van a ayudar a creer en los milagros.

Queque de calabaza y especias es aromático y jugoso.

Queque tropical pura golosina lleno de trocitos de fruta, una miga húmeda y con el crujiente de los frutos secos para rematar.

Mini queques se limón glaseados una miga densa con mucho sabor a cítricos es imposible tomar solo uno.

Publicado por aroaaleman

Hablo mucho y casi siempre de comida. Gordapapa profesional.

3 comentarios sobre “Exigencias y queques

Replica a María Cancelar la respuesta