Soy inmune a los ronquidos. A todos, incluso a esos que suenan como si la tierra se fuera a romper en dos y a salir de su interior el mismísimo Belcebú.No me afectan.
Los oigo, pero tengo una capacidad maravillosa para seguir durmiendo, a pesar de que una orquesta sinfónica de soplidos y carraspeos esté de fondo.
Es un talento adquirido, no me vino de fábrica. Les cuento.
Tenía yo unos cinco años y me levantaba al alba los fines de semana, porque tenía el horario del cole interiorizado (me levanta a las seis y media) y lo más que podía estirar el estar en la cama era hasta las siete o siete y media.
Mis padres como buenos padres con niños de los ochenta nos tenían prohibidísimo despertarlos a esa hora, podía estar despierta y ver la tele con el volumen bajito para no molestar al resto de la casa.
Pues eso, me levantaba iba hasta el cuarto de la tele, porque sí, las casas de los ochenta tenían cuarto de la tele, aunque solo tuvieran tres habitaciones y varios descendientes.
En este cuarto de la tele con un silllón-cama incomodísimo forrado en negro con un estampado que imitaba los destellos de los fuegos artificiales en blanco y rojo estaba mi tío durmiendo a pierna suelta.
Vivió con nosotros unos años y era el tío soltero. Eso implicaba que él salía la noche de los viernes y los sábados, llegaba tarde, como tiene que ser cuando uno sale, y la plasta de la sobrina, es decir, yo, entraba en la habitación a las siete de la mañana en busca de dibujos animados.
No era culpa mía que la única tele que había en la casa estuviera allí.
Trepaba por su barriga hasta alcanzar el mando, que siempre se escondía en el recoveco menos esperado e iba recolectando los tres cojines que hacían de respaldo.
Me iba al suelo y colocaba un cojín a mi derecha, otro a la izquierda y otro en la espalda. Ya tenía mi trono preparado, con cinco años tenía claro que lo mío era ser de la nobleza, pillaba el mando como si fuera un cetro y me disponía a ver mis adorados dibujos.
Y allí sentada en mi trono intentaba escuchar a los osos amorosos con los ronquidos de mi tío de fondo. No eran ronquidos normales, eran estratosféricos, inconmensurables, gigantescos. A veces eran tan fuertes que no me quedaba otra que ir subiendo el volumen número a número para intentar escuchar algo. Primero al cinco, luego al seis, luego al siete…sabía que si llegaba al 12 mi padre se iba a levantar y me iba a mandar a bajar la tele, porque le molestaba para descansar; pero es que a veces era imposible oír algo.
No es exageración, los ronquidos de mi tío siempre fueron legendarios y objeto de todo tipo de burlas por parte de amigos y familiares.
Recuerdo una vez que nos quedamos a dormir en casa de unos de sus amigos que eran dueños de un edificio de tres plantas. Nosotros nos quedamos en la tercera y ellos estaban en la primera planta. Al día siguiente, nos dijeron muy amablemente que, por favor, por las noches apagáramos el motor, porque el ruido era muy fuerte y no habían conseguido dormir.
Estuvimos un rato diciendo que nosotros no teníamos ningún motor encendido y menos por la noche, hasta que ellos empezaron a imitar el ruido que escuchaban.
¡Aaaah! ¡Esoooo! ¡Eso no es un motor son sus ronquidos!
No nos creyeron y pensaban que estábamos de broma, hasta que llegó la noche y los llamamos para que comprobaran «el motor» que genera el famoso malestar. Ahí estaba mi tío más a gusto que un arbusto con los ojos cerrados y la boca abierta.
Pues de ahí viene mi inmunidad, crecí con ese ruido de fondo ¡ Ríete tú del ruido blanco que le ponen a los bebes para relajarlos!
Gracias a él puedo sobrevivir en ambientes acústicos inhóspitos, puedo descansar con cualquier grupo, porque siempre hay uno que ronca de manera horrorosa, y yo siempre respondo eso de ¡No es para tanto! Y puedo concentrarme para trabajar, aunque alrededor tenga la verbena del Pichón. Me da igual compartir oficina o tener que escribir esto mientras los gremlins están cantando «noche ochentera» y danzando en círculos. Ni los oigo. Estoy a lo mío y ya.
Hoy les enseño unos platos tan escandalosos como los ronquidos de mi tío y tan ricos que si se los preparan a quienes duerman con ustedes les dará igual que ronquen. Esto compensa.
Estos huevos de fiesta que se hacen en nada y en menos y que adoran aquellos que aman el salmón ahumado.

Bocaditos de batata asada baratos, sencillos, deliciosos y vistosos. Son un entrante de celebración que se puede hacer en un día de diario.

Los contramuslos con pesto de berros, queso y tomate ligeros, no tienes que tener habilidades culinarias y la mezcla de sabores es bestial.

Mi ensalada de hinojo, papas, gambas y mejillones fresca, se digiere genial y el sabor sorprende. Apúntate el aliño, porque sirve para muchas cosas más.

Y yo sin dulce no me voy, así que dejo por aquí el flan de mascarpone más rico que he probado, por si se animan a hacerlo y me cuentan.

Amen mucho y muy fuerte, incluso a los que roncan y coman cosas ricas.