Dolce far niente y tortitas selva negra

Así llaman los italianos al placer de no hacer nada.

Tirarse a la bartola, sin sentir ni un poco de culpa.

Los domingos de agosto son perfectos para eso, pero,vamos, un miércoles de octubre,también.

20 minutos estuve ayer mirando la marea traer la ola a la orilla y al atardecer me di cuenta de que llevaba un rato largo (ni idea de cuanto tiempo es eso) mirando como el viento movía las hojas de una buganvilla. Todo movimiento y yo parada, quieta, inmóvil.

He aprendido un poco tarde,como casi todo, que si la cosa está muy revuelta hay que estar quieta. Todo se ordena solo o se rompe solo. Porque no podemos dominar ni parar el devenir, por mucho que planifiquemos.

Así que parar es fluir.

Es una mierda como un castillo de grande, porque lo que queremos hacer en mitad de una situación difícil es gestionar,gestionar y gestionar. Y eso está bien.Pero hay un momento que toca dejarse llevar y ya. Pues ahí a flotar sobre la ola en vez de cogerla o pasar por debajo.

Y ahí en la superficie,dejándote mecer por la marea, con los brazos en cruz,sin poder oír nada solo ese maravilloso silencio que hay bajo el mar, con el aire dándote solamente en la cara y en la punta de los pies mientras tu cuerpito o cuerpazo sigue remojado,ahí, los músculos se relajan. Y llega una de mis sensaciones favoritas del mundo, la felicidad calmada.

No es ese tipo de felicidad que tienes al recibir una buena noticia, esa es como fuegos artificiales, sube mucho, muy rápido,pero desaparece enseguida. Ni la de conseguir un logro que llevas visualizando mucho tiempo y que te ha costado esfuerzo. Esa es como la de llegar a un meta después de una larga carrera.

Tampoco esa de cuando te sientes amada, valorada y apreciada. Esos tipos de felicidad no son.

Es otra cosa, tiene que ver solo contigo y con el hecho de existir, de ser, de estar.

Son solo unos minutos de conexión que te calman la madre. Aquí, en esta tierra volcánica y llena de salitre, llamamos a la madre a eso que tenemos en la boca del estómago (o cerca de esa zona) y que se altera con facilidad cuando tenemos un disgusto, una pena negra más grande que una catedral o cuando el estrés físico o emocional nos destroza la tripa.

Calmar la madre, el dolce far niente, el dulce placer de no hacer nada,lo hace muy bien. Te la deja planchada y lista para poder disfrutar.

Así que si mirando en una plaza una paloma picotear el suelo, escuchando a una pareja de ancianos hablar en la mesa de al lado o leyendo una página de ese libro que me gusta tanto noto que la boca del estómago empieza a relajarse, me quedo más ratito ahí. Congelo la imagen unos segundos y me aferro todo lo que puedo a esa sensación.

No quiero estar en todos los planes imprescindibles del verano, no quiero ver todas las exposiciones ni visitar todos los sitios completamente indispensables. Quiero quedarme embelesada mirando una buganvilla sin pensar en nada más.

Quiero levantarme cuando el cuerpo me diga que ya no necesita dormir más y no tener ni una tarea en la agenda del día. Ese es mi planazo de verano.

Y no, no contemplo cocinar en esos instantes.

Mira que me gusta y lo disfruto;pero ahí no toca.

Así que como comprenderás los platos de hoy son de esos que vale la pena apuntar, porque son para vagas como yo.

Aperitivo de morcilla,manzana, pimiento y queso

Pasta con tomate y calabacín

El pollo con romero y miel de fin de mes.

Solomillo en salsa de manga

Tortitas selva negra

Publicado por aroaaleman

Hablo mucho y casi siempre de comida. Gordapapa profesional.

3 comentarios sobre “Dolce far niente y tortitas selva negra

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