Tuve una charla con Montse que fue más útil que cualquier charla con el gurú de turno o mejor que una o dos sesiones con algún coach.
No tenía confianza con ella como para hablar de temas profundos. Pero cada persona tiene un don; el mío es que la gente se abre rápidamente conmigo y que soy capaz de hacer croquetas ricas casi de cualquier sabor.
Era la tercera vez que nos veíamos y no sé muy bien cómo terminamos hablando de nuestros orígenes en mitad de aquel parking.
Compartimos puntos de partida y ambas teníamos claro que eso nos había convertido en lo que llamo “facilitadoras”.
Las facilitadoras son personas que solucionan, independientes, que no vas a escuchar quejarse cuando hay mucho que hacer; simplemente distribuyen el trabajo, gestionan y siguen. No les gustan los conflictos y, por eso, son mediadoras.
Siempre encuentran la manera de que cualquier pelea, desavenencia o discusión llegue a buen puerto, aunque eso suponga que sus deseos y necesidades queden en un segundo plano. La paz y la tranquilidad por encima de cualquier objetivo.
Siempre pienso que son personas hechas para el trabajo de producción, de esas que tienen un Excel mágico con toda la información recopilada a lo largo de los años a golpe de clic. La que siempre tiene un bolígrafo en el bolso y la que te va a buscar en coche al aeropuerto.
La parte negativa de este tipo de perfiles es que les cuesta mucho pedir ayuda, lo de delegar lo tienen que aprender y el autocuidado no viene de serie. Les gusta recibir órdenes si son justas y les gusta controlarlo todo.
Montse me dio una lección enorme sobre cómo ser toda una jefaza, aunque creo que ella eso no lo sabe.
Tenía claro que, a pesar de sus orígenes humildes y sin privilegios, siempre se sintió abundante; siempre supo que podía moldear parte de su destino o que, al menos, lo intentaría con todas sus fuerzas.
El merecimiento es un tema que me interesa mucho. Al tratarlo en los últimos años, me he dado cuenta de que yo misma me ponía limitaciones sobre metas y sueños. Nadie me había dicho que no pudiera acceder a ellos, pero es como si me hubiesen implantado un software que ni siquiera me dejara plantearme ciertos escenarios.
No es que pensara que no podía acceder a ellos, es que ni soñaba con poder hacerlos.
Hay cosas que no hace falta que te digan: las vives y, poco a poco, quedan implantadas como ideas fijas en tu cabecita, en mi caso, cabezona.
Desprogramar todas esas creencias absurdas es un trabajito. Por suerte, a mí no me da miedo meter los pies en el barro. Y pienso seguir a pico y pala hasta llegar a ser como Montse.
Aunque cuando le pregunté lo que hacía, me dijo su profesión en vez de decirme que también era la dueña de la empresa. ¡Ay, qué ver lo que nos cuesta a las mujeres decir que somos las jefas!
¡Montse, eres LA JEFA! Con todas las letras; es más, eres una JEFAZA.
Pimientos rellenos de falsa bechamel para hacer muchos y dejarlos congelados. Serán una sorpresa agradable para tu yo del futuro.

Estas setas empanadas gratinadas con alioli son de esos entrantes que he repetido mil veces por petición de amigos y familiares.

Un hummus de pimiento es algo que todo el mundo debería de tener en su nevera al menos una vez en al vida. Es un vicio.

Esta es la única manera de que el señor letrado coma coles de Bruselas sin protestar. Es de las pocas verduras que no lleva bien. Y así se reconcilia con ellas.

El loaf cake con trocitos de chocolate es un queque perfecto para el momento del café. Apúntatelo, porque intuyo que te va a gustar.

¡Vivan mucho, amen fuerte, coman rico y brinden por los que no están!