Natillas y disgustos

Sentada en una azotea en la parte antigua de la ciudad, justo en el punto donde se fundó la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria o esos dicen las crónicas. Aquí se escuchan a la vez las campanas de dos iglesias, replican cada uno a su ritmo y me sacan de mi cabeza.

Físicamente estoy sentada, hay un viento agradable, del que refresca lo justo para sentir que ya no es verano, pero no incordia y te permite tener los papeles sobre la mesa y la melena suelta. Pero mi cabeza está lejos, muy lejos.

Estoy leyendo “Una escritora en la cocina” de Laurie Colwin, un libro corto y ameno lleno de historias, recetas, consejos y pinceladas de humor.

La protagonista narraba su estancia en Reino Unido, así que yo estaba allí también con ella, hablando de té, haggis (ese plato nacional escocés que hace que más de uno arrugue la nariz), scones y natillas.

Estaba pensando en las natillas y en el paladar de la infancia. Recuerdo como una fiesta cuando mis padres traían del super un bote de Pearce Duff para hacer natillas en casa. Aquello me parecía el sumun de la exquisitez. Venían en dos formatos, en un bote en polvo para que al añadirle el líquido consiguieras unas natillas espesas o en tetra brick ya listas para consumir.

Las recordaba dulces, con una textura sedosa y un intenso olor a vainilla.

Hará cosa de un par de años me encontré con este producto de nuevo y lo probé deseosa de poder experimentar de nuevo aquellos recuerdos de la infancia. Me llevé la cuchara a la boca y pensaba que los fuegos artificiales iban a brotar de mi cabeza, como en la escena de Ratatouille.

Pero aquello no paso. ¿Qué demonios era eso? ¿No sabía bien? ¿Qué le habían hecho a las natillas de mi infancia? ¿Quién me robó mis recuerdos? ¿Quién se quedó con el sabor rico?

Ya le cambiaron la receta a las natillas, puaaaag están asquerosas, solo saben a polvos industriales.

El resto de personas que me acompañaba, me dijeron que la que había cambiado era yo, que aquella sabía como siempre.

¡Qué disgusto me llevé! No podía ser posible, pero si estaban muy ricas y tampoco hace tantos años que las dejé de tomar. Las probé de nuevo, porque me negaba a aceptar aquello. ¿No iba a poder disfrutar nunca más de un bowl de esas natillas que me habían acompañado en la infancia?

Nada, no había manera. Aquello me sabía a rayos y centellas.

¿Habrá paladar inverso? ¿Hay alguna manera de recuperar el gusto por eso otra vez? ¿Cómo se hace? ¿Dónde se le da al deshacer?

Yo quiero volver a disfrutar de esa pócima amarilla hasta en vaso obrero, quiero, quiero y quiero.

Pero se ve que no va a suceder, voy a tener que conformarme con hacer mis propias natillas.

¡Qué coraje! Lo de evolucionar es incómodo, doloroso y muchas veces absurdo.

Amo hacer natillas, me parece pura alquimia, echar cosas en un líquido y esperar a que se vuelva una masa dulce y algo pastosa y ver cómo con el frío y el tiempo pilla una consistencia diferente. Pura magia.

Al repasar el recetario que tengo por aquí, me he dado cuenta de que jamás he compartido mi receta de natillas clásicas, tendré que ponerle remedio pronto. Recuerdo servirlas de adolescente con unas islas flotantes de merengue.

Me apetece hacerlas de nuevo, comer merengue no, eso no. No me gusta. Soy del equipo de la nata ¡Qué le voy a hacer!

En lo que llegan esas natillas, les voy a dejar dos de mis versiones favoritas por fáciles, rápidas y ricas.

Estas natillas de dulce de leche se hacen tan rápido que son muy peligrosas. Pero mucho, mucho, así que no me hago cargo de la adicción que puedan provocar.

Las natillas con un intenso sabor a chocolate que se hacen en nada y en menos. La primera vez que compartí la receta fue con una pobre, que acababa de dar a luz y quería natillas caseras, pero con mucho chocolate. ¡Cómo le voy a negar yo algo a alguien que acaba de traer al mundo a un criatura! Son perfectas para matar el antojo de dulce. Fue hace tanto que ya ese niño tiene que saber leer y por eso las fotos son horrorosas, creo que he aprendido un poco de estilismo culinario con el tiempo.

Y por si las natillas no te interesan nada de nada te dejo esta receta de flan de mascarpone, que es una delicia. Puedes usar moldes de esos de aluminio individuales de un solo uso para hacerlos y comerlos ahí directamente o si te sientes sibarita, sacarlos del molde con ayuda de unas tijeras y ponerlos con la fruta que se te antoje.

Publicado por aroaaleman

Hablo mucho y casi siempre de comida. Gordapapa profesional.

3 comentarios sobre “Natillas y disgustos

  1. Y esa pobre acabada de dar a luz soy yo! Y qué feliz me hiciste, muuuuuuuy feliz. Puérpera y pandémica, pero feliz. Eres magia en Instagram querida Aroa, como la alquimia de las natillas luchando contra el algoritmo.
    Mil gracias por compartir-te con nosotras.
    Besitoosss

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  2. Yo estoy igual con las pearce duff, las acabo de hacer por segunda vez, porque me niego a creer que esto sepa tan mal… y creo, solo por el olor, que no me van a gustar… que ya no saben a natilla, a vainilla!!! Nooo ahora tienen un aroma a limón artificial asqueroso!! 🤮

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